Nació en Alejandría  en 1863 y allí  murió en 1933. Fue el noveno hijo de unos prósperos comerciantes fanariotas de Constantinopla.  Su madre Khariklia  Ptiadis sólo tenía catorce años cuando casó con su padre, Pedro Kavafis,  y tras contraer matrimonio se establecieron en Liverpool. Se dedicaron a la exportación de telas de algodón.

 Parece ser que regresaron a Alejandría para continuar con el negocio,  y cuando Constantino sólo contaba siete años falleció su padre dejándoles en precaria situación económica.

 Aunque Khariklia regresó a Liverpool con el fin de rehacer el negocio de su marido,  la falta de experiencia de sus hijos  desbarató estos intentos llevándoles  a la ruina definitiva.

 A pesar de estos contratiempos los años que pasó Kavafis en Inglaterra fueron decisivos en su formación.  Escribió sus primeros poemas en los que se aprecia la influencia de Shakespeare, Browning  Wilde... 

 

  

Kavafis elaboró y corrigió algunos de sus poemas durante más de diez años. No fue una obra extensa, pero sí profunda y preciosista en la que hace hincapié en la mitología griega. Deja entrever difíciles estados de ánimo que le embargan debido a su condición  homosexual que él  aborda sin tapujos en su poesía. Por ello,  posiblemente,  fue durante años ignorado.

 Uno de sus argumentos recurrentes es la debilidad humana ante la atracción física ligada, casi siempre,  al sentimiento de culpa cristiano,  y la impotencia ante el paso del tiempo.

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Cesarión

 En parte para verificar los sucesos de cierto período,
en parte para matar una hora o dos,
anoche tomé y leí
un volumen de inscripciones sobre los Ptolomeos.
Los elogios pródigos y las lisonjas son idénticas
para cada uno. Todos son brillantes,
gloriosos, poderosos, benévolos;
cada cosa que emprenden está llena de sabiduría.
Otro tanto para las mujeres de su tiempo, Berenices y Cleopatras,
ellas también, todas, son maravillosas.
Cuando encontré los datos que quería
iba a dejar el libro, pero una rápida
e insignificante mención al rey Cesarión
llamó mi atención...
Así llegaste con tu indefinible encanto.
Poco se ha escrito de ti en la historia,
y puedo modelarte libremente en mi mente.
Te hice bien parecido y sensible.
Mi arte da a tu rostro
una soñada, atractiva belleza.
Y tan bien te imagine
que ayer, en alta noche,
mientras mi lámpara se apagaba -deliberadamente dejé que se apagara-
creí que entrabas en mi cuarto,
creí que ante mi estabas, como has debido estar
en esa vencida Alejandría que perdías,
pálido y agotado, perfecto en el dolor,
esperando que de ti se apiadasen
los abyectos que murmuraron: "demasiados Césares".