El veraneo invita al ocio ya la sana pereza. No queremos, o no nos apetece entrar en la cocina como no sea para abrir el frigorífico y servirnos un refresco. Impera la vagancia en toda su extensión y, desde que amanecemos, y sin madrugar demasiado, justo nos duchamos y bajamos a la más cercana cafetería para que nos sirvan un agradable desayuno. Me encanta el pan tostado con aceite de oliva, y también con tomate crudo triturado acompañado de un delicioso café con leche, todo ello bajo los toldos de un sol que ya se deja caer con justicia. Son las doce del mediodía... ¡¡¡Vacaciones!!!

 Tras el preámbulo citado directamente a la piscina. Nos bañamos y paseamos un tantito a la deriva, ora sombra, ora sol. Ojo con el abuso y la insolación, quemarse, no trae buenas consecuencias. Así de despreocupados son estos días en los que sí apetece mucho leer a la sombra de ese verdor que tan gran variedad arbórea nos brinda: pinos, palmeras, magnolios, plataneras y a nuestros pies una alfombra de fresco césped que sobre coloridas y exuberantes toallas acoge nuestro cuerpo ebrio de ocio por un corto, cortísimo tiempo... la fugacidad  le proporciona su atractivo.  Cuando nos damos cuenta ya estamos en casa donde impera la rutina y nuestra lucha constante para combatirla.